¿Egoísmo o autocuidado?

“Una reflexión sobre cuándo decir que sí”

Hola, mucho gusto, mi nombre es Inseguridad

Me da vergüenza admitirlo, pero cuando era más joven (ejem, porque sigo siendo joven) salí con chicos a los cuales no me sentía particularmente atraída, porque me daba cosa decirles que no para no herir sus sentimientos.

Lo sé, es patético. Pensaba más en los sentimientos y la autoestima del otro (que quizás en el fondo le daba igual) que en los míos propios. En parte, me siento orgullosa de tener esa empatía, pero cuando se combinaba con una gran dosis de inseguridad, los resultados no eran de lo mejor.

La necesidad de cumplir las expectativas de “tener un gran grupo de amigos” y caer siempre bien a todos, me llevó a buscar la aprobación constante. Es por eso que le decía que sí a cualquier tipo de actividad social (y no tanto) que se me propusiera. Tuviera ganas o no, me gustara el plan o no, me cayera bien la gente o no.

Este FOMO (quedarme afuera de algo, hablando en criollo) venía de un concepto de marketing que quería aplicar a mi persona: “recordación de marca”. Tenía que estar absolutamente presente en todo para que luego no se olvidasen de mí. Y sí, inseguridad pura y dura, señores y señoras.

En busca de mi propio equilibrio

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, la mayoría del contenido de desarrollo personal (por no decir todo) tiene entre sus puntos: “aprende a decir no”. Por un lado, apoyo este concepto, pero por otro, hay algo que me chirría un poco.

Hoy, no sé si “crecí emocionalmente” o la verdad ya estoy más cansada, pero el “no” a las cosas me sale más fácil. También será que me sinceré conmigo misma y me admití que en realidad no soy esa criatura tan social como yo pensaba (o quería) ser, o por lo menos esto es lo que me digo.

Hay veces que honestamente prefiero disfrutar de mi casa, mis series, mis libros, mis gatos, ah sí y mi marido (?). Siento que a veces por decirle que sí a gente, le estoy robando el tiempo libre que tengo disponible a otra actividad que me gustaría hacer, como por ejemplo, desarrollar las tres millones de ideas que tengo para relatos y finalmente terminar esa antología de cuentos que tengo pensada. O quizás, poniéndolo de otra manera, me robaría tiempo de mi descanso, que no tengo, porque a su vez me lo robaría escribir.

Si hay algo que entendí de mí misma, es que suelo actuar como un péndulo de un extremo a otro. Soy la piba “all in”. Me cuestan las medias tintas y creo que mi karma en esta vida es encontrar mi equilibrio.

Qué entiendo por decir no

Cuando hablo de decir que no, no necesariamente aplica a eventos, sino también a favores, personas, vos me entendés. No voy a negar que muchas veces llegan pedidos o propuestas y la verdad no tengo ni ganas. Entonces saco a reflotar mi coach interior y me digo: “No, tengo que poner mis límites”.

Entiendo que hay gente que se pasa con las cosas que pide, gente que pide cosas por pedir. Sin embargo, no dejo de preguntarme, ¿qué pasaría si todos escucháramos a nuestro coach interior y pusiéramos siempre límite a todo? ¿Seríamos todos egoístas? Con esto de “ojo por ojo y el mundo terminará ciego”, si todos decimos que no, ¿quién va a decir que sí cuando lo necesitemos?

Creo que hoy en día, gracias a nuestro coach interior,  “ponemos límites” casi inmediatamente, pero para ponernos en los zapatos del otro, o recordar esas deferencias que tuvieron con nosotros, nos tomamos nuestro tiempo.

No me malinterpretes, los límites son necesarios. Quizás mi lectura de todo esto es que poner límites no sea la configuración predeterminada, sino pensar un poquito más.

Cuando decir sí es lo correcto

Apenas me mudé a Salamanca, me empezó a agarrar la nostalgia. Es irónico, porque durante los siete años que viví en Líbano, nunca me había agarrado de esa manera. Será porque en Líbano teníamos la familia de mi marido, pero acá estábamos realmente solos. Será también que en España me sentía más cerca de casa debido a la similitud de cultura, qué se yo. La cuestión es que me encontré con una necesidad de sociabilizar y hacerme con un grupo de amigos.

El destino quiso que entrara en una tienda e inmediatamente escuchara un acento argentino, tan familiar y a la vez tan olvidado. La chica que atendía se llamaba Giuli.

Sin pensarlo mucho, salió la (ahora que lo pienso) psicópata en mí y de la nada le pedí su contacto. Para hacerla corta, me terminó invitando a su casa a una cena de Navidad (que luego se suspendió porque a alguien le dio covid, pero no viene al caso), así, casi sin conocerme.

Luego, esto derivó en conocer a más gente y se consolidó en un grupo de amigos con el cual me siento muy bien y son una segunda familia aquí.

Si Giuli me hubiera dicho que no (que es lo más lógico porque ni me conocía), hoy no conocería personas que son importantes para mí.

Y pensándolo bien, Giuli no fue la única que me dijo que sí cuando no tenía por qué hacerlo.

También lo veo cuando escucho por ahí que hay que sacar a las personas tóxicas de tu vida. Sí, lo entiendo. Hay personas que son dañinas para la salud y que siempre lo serán. No obstante, también hay personas que necesitan una mano para salir de un momento difícil que hace que actúen de esa manera.

Yo fui una de esas personas, en donde hubo circunstancias y personas que sacaron lo peor de mí durante bastante tiempo. Hubo mucha gente se alejó, y me sentí peor aún. Pero hubo gente que se quedó conmigo y tuvo la capacidad de ver lo bueno que quedaba en mí y eventualmente sacarlo a flote.

Siempre intento tener eso presente para cuando surgen situaciones de este estilo. Llamémoslo buen karma.

Con estas anécdotas intento mostrarte que a veces vale la pena decir sí. A veces es necesario decir sí. Pero entonces, todo esto me lleva a preguntarme, ¿qué sería aprender a decir no? ¿Cuál es la vara?

Y entonces cómo sé cuándo decir sí o decir no

Cuando nací me encargaron la responsabilidad de administrarme a mí misma. Esto quiere decir que necesito ciertas “reglas” para manejarme, entenderme, etc. Algunos filósofos le dirán valores morales, yo los llamo “manual de procedimientos”.

De ahí viene este artículo (y todo el blog, la verdad), mi modo de reflexionar y ver qué política puedo tomar para conmigo misma que me ayude a gestionar situaciones futuras.

Creo que lo que a mí me sirve es ver cuál es mi intención detrás del sí. ¿Es un sí por miedo? ¿Es un sí para quedar bien? ¿Es un sí para conectar con la otra persona y ayudarla genuinamente?

Entendí que puede haber dos tipos de sí: hay un “sí” que nace del miedo a quedarte afuera o qué pensarán los demás, y hay un “sí” que nace de la generosidad y el desinterés. El primero me deja agotada física y emocionalmente. El segundo me llena el alma, no importa qué tan cansada termine.

Obvio que todo lo anterior no aplica cuando estamos hablando de personas con rasgos narcisistas o relaciones genuinamente tóxicas. Pero para eso están los profesionales. Yo, en definitiva, soy solo una piba con internet que habla desde mi experiencia.

La solidaridad nos hace civilizados

Por último, me gustaría cerrar con una anécdota que quizás ilustre mejor todo lo que intenté decir anteriormente. La verdad que cuando quise buscar la fuente de lo que te voy a contar a continuación, pareciera que esto cayó más en la categoría de mito urbano que anécdota, pero no importa, para lo que quiero expresar viene genial.

Margaret Mead es una de las antropólogas más destacadas de su época. Cuenta la leyenda, que en una charla en una universidad le preguntaron cuál consideraba ella que era el primer signo de la civilización humana. Cualquiera se esperaría que mencionara herramientas, o pinturas rupestres o algo similar. Sin embargo, ella respondió que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur (el hueso del muslo) que se había roto y luego sanado.

Y te estarás preguntando, “¿Y eso?” Margaret explicó que si un animal se rompe una pierna, es una sentencia de muerte, ya que durante el tiempo que tome sanar el hueso, no podría ir a buscar comida o agua, no podría escapar de los depredadores, etc.

Ese fémur humano roto es la evidencia de que alguien se tomó el tiempo de quedarse con esa persona, de cuidarla hasta que se recuperara. Es decir, ayudó a alguien que lo necesitaba. Antepuso el sí al no.

Ya te digo, no sé si la anécdota es real, si Margaret dijo eso o no, pero no es un planteo inverosímil o irracional. Esto, en algún momento de nuestra historia como raza humana, sucedió.

Así que a modo de cierre, me gustaría decir, no dejemos que los coaches, en busca del desarrollo de nuestro potencial, nos quiten eso mismo que nos hace humanos, la empatía y la solidaridad.