No te dejes engatuzar, piensas, es solo un nombre. No tiene nada de inocente. Es un engendro pérfido. Su mote te provoca recuerdos de infancia, pero es solo eso, una denominación.
Ahora, de adulto, solo provoca pecado y tentación. Todo en ella incita a abandonar la vida de asceta, a descarrilar del estoicismo y romper cualquier buen propósito que tengas. Entiendes que es un delirio, un espejismo, no es inocencia lo que refleja. Así es como te engaña, evoca en ti un sentimiento de ternura y nostalgia de las tardes en las que, a escondidas, la devorabas, cayendo en un coma de placer prohibido. Sacudes la cabeza, vuelves a la realidad e intuyes el fraude.
Sabes que si cedes, todo estará perdido. Ah, pero es tan simple resbalar y caer. Caer por ese hueco de comodidad. ¡Es tan fácil! Solo un gesto y ya estarás perdido. Ella te tiene en su poder y actúa en consecuencia, no te deja avanzar hasta que dejes de ignorarla.
Puedes imaginarla suspirándote al oído, “quiero saberlo todo de ti”, “solo quiero hacerte feliz con lo que a ti te gusta”.
VADE RETRO, SATANÁS. Déjame en paz. La atracción ahora se convierte en tedio. A dónde vayas la ves, y no viene sola. Todo un ejército de perversas criaturas que te hostigan. “Acepta, consiente”, “queremos saber todo de ti”, “solo queremos hacerte feliz”. Sí, para embaucarme con más cosas, piensas. Podrías rechazarlas, pero hacen que el camino sea intrincado. ¡Quién tiene tiempo! Suspiras, y cedes. Malditas cookies.
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