Ruosado
Recuerdo que cuando era chiquita tenía una obsesión con el color rosa. A mi mamá le encantaba preguntarme cuál era mi color favorito porque lo decía con una pronunciación muy particular: «ruosado».
Toda mi habitación, mis objetos personales, mi mera existencia era de color ruosado. De más grande, cuando entré en la terrible pubertad —donde con desesperación intentaba distanciarme de la niña—, siento que le tomé fobia a ese color. A ver, me seguían gustando las cosas «lindas», pero eran más con personajes de cómic tipo Garfield; hasta tuve una fase de Betty Boop, pero luego me desencanté del personaje. Supongo que no lo veía lo suficientemente feminista.
Gradualmente, ya en los finales de mis 20, llegué a un punto donde hasta me daba vergüenza el tema de tener todo personalizado taaaaan femenino. Sentía que si la funda de mi teléfono tenía flores, o algo remotamente cute, mi coeficiente intelectual bajaba diez puntos automáticamente. Supongo que la imagen que quería transmitir era que no estaba tan pendiente de la estética. Irónicamente, me esforzaba tanto en parecer despreocupada, en no «perder el tiempo» con esas cosas, que terminaba gastando el doble de energía en fingir que no me importaba.
La culpa de sacar mi «lado delicado»
A pesar de mi repudio por todo lo delicado y femenino, de un tiempo a esta parte descubrí que me gusta ver flores, sacarles fotos, tenerlas cerca de alguna manera… y esto me daba vergüenza. Es como que no iba con lo que yo creía que era mi personalidad: la chica despreocupada, fácil de llevar, que no se enreda en las superficialidades de su género. Básicamente se reducía a «no soy como las otras chicas». Reservaba todo lo extremadamente cursi, femenino o estéticamente orgásmico a Pinterest. Es así como esta app, escondida en mi teléfono, se volvió mi placer oculto, mi affaire con lo femenino y toda la estética girlie (más conocida en mis pagos como «minita»).
Nunca dejé de preguntarme la razón de esa necesidad de esconder mi gusto por la estética delicada. Hoy, después de bastante introspección, me hizo clic la cabeza y te puedo decir por qué: sentía que si era de esas chicas que se mostraban demasiado femeninas o delicadas (con la personalización de sus cosas) no iba a ser tomada en serio. Hasta que me crucé con un artículo que hablaba del Pink Tax o, en español, el impuesto rosa, y todo tuvo sentido.
El costo de ser femenina
Este artículo hablaba de cómo la mayoría de los productos personalizados para mujeres suelen ser más caros; como por ejemplo las navajas de afeitar, los desodorantes o el fatídico caso del bolígrafo BIC «For Her», que un poco destapó la olla sobre lo que implicaba esto.
Para hacértela corta, la empresa decidió hacer algo más personalizado para las mujeres. Promocionaron el boli con un agarre suave para manos supuestamente más delicadas. Además, era color rosa y tenía flores. Quizás pienses: «Bueno, Vanina, muchas empresas hacen eso». El tema es que este boli se vendía a un precio significativamente más alto. Todo esto se traduce en que nos vieron la cara, porque somos las «idiotas» que pagamos más, solo porque es más lindo.
Hasta hace unos meses te hubiera dicho: «Es verdad, las mujeres compramos cualquier cosa». Maquillaje, tratamientos de skincare, ropa que no necesitamos. Además, nos acusan de que pareciera que de lo único que hablamos cuando nos juntamos es de ropa, chismes o recetas. Sin embargo, haciendo un poco de observación, agradezco haberme equivocado.
Todos compramos cosas innecesarias
Hace poco estaba viendo un video de YouTube de dos chicos que suelen hablar sobre productividad. De todos los productivity bros, son los que más me gustan porque son, a mi criterio, los más reales. Tienen un trabajo y lo compaginan con su canal. Es decir, les creo más (y hasta ahí) cuando me hablan de productividad, a diferencia de esos gurúes con los que nunca pude empatizar porque parecen tener ejércitos haciendo todo por ellos.
La cuestión es que en este video mostraban compras que podían ayudarte con tu productividad. Cosas como un despertador para no usar tu teléfono como alarma y así no colgarte viendo redes apenas te despertás. Me pareció todo bastante razonable, hasta que llegamos a las gafas.
Uno de ellos explicaba que se había comprado unas gafas con los cristales (por lo que yo vi) naranjas. Decía que se las ponía en su casa cuando bajaba el sol para evitar que el azul de las pantallas le alterara el ritmo circadiano y así poder dormir mejor.
A ver, es completamente válido, cada uno invierte en lo que tiene ganas. Pero me llevó a preguntarme: si fuera una chica la que hubiera hablado de esto, los hombres que estuvieran viendo el video, ¿la tomarían en serio de la misma manera que a este chico? Creo que no tanto. Y pienso que es por lo siguiente: nos acusan a las mujeres de que compramos excesivamente cosas sin importancia. Tengo la sospecha de que como es en pos de la estética, es catalogado por frívolo. Mientras que los hombres consumen en pos de performance, entonces, es otra historia.
«Ah, pero si es en pos de la performance, está todo bien». ¿Seguro? Ponerle chiquicientos accesorios al coche. Comprar el superreloj que te mide las pulsaciones y cuenta los catorce pasos que hiciste de la cama al baño. Comprar el último teléfono (que tiene casi las mismas funcionalidades del modelo anterior) del cual no usás ni la mitad de las configuraciones. Y si lo hacés, es más lo que te complica que lo que te simplifica. Ni hablemos de los tres millones de monitores para ver «tus inversiones en crypto», pero seguís igual de pobre.
Para que se entienda: ambos géneros compramos cosas completamente inútiles. Simplemente, a las mujeres se nos deja más en evidencia… a lo María Antonieta.
Escándalo con olor a chivo expiatorio
Acá sale la nerd en mí, pero a María Antonieta la acusaron de gastar dinero de manera excesiva en frivolidades. Lo que no te cuentan es que, en realidad, la usaron como chivo expiatorio para tapar la mala gestión financiera y política que habían heredado Luis XVI y sus asesores.
Si bien tuvo sus momentos de gastos frívolos, esto sucedió apenas llegada a la corte francesa. ¿Sabés cuántos años tenía? ¡Catorce! Que levante la mano el que no compró frivolidades a los catorce años.
En sus últimos años, María Antonieta cambió radicalmente. Dejó de usar joyas costosas, adoptó vestidos de algodón más sencillos y se centró más en sus hijos que en andar a la moda. Irónicamente, cuando intentó ser más austera, la acusaron de arruinar la industria de la seda francesa. No podía ganar.
Es que ese papel de «chivo expiatorio» que le tocó a María Antonieta no se queda solo en los libros de historia o en la app del banco. Ese dedo acusador también nos señala cuando elegimos cómo apagar la cabeza al final del día.
Fantasías para todos los gustos
Muchas veces me descubrí escondiendo lo que leo o lo que miro, por miedo a que me pongan el sello de ‘superficial’.
Debo admitir que me gustan las novelas románticas. Y sí, algunas me parecen muy tontas, pero reconozco que suelo perderme en la historia y estar pendiente de cuándo los protagonistas se van a dar el bendito beso. ¿Es lo único que leo? No, pero no viene al caso.
Las novelas románticas tienen personajes trillados, pero también los thrillers con los detectives atormentados, y nadie dice nada. ¿Acaso las novelas románticas generan expectativas inalcanzables de una relación? ¡Por supuesto! Pero también el porno.
Es verdad que es poco probable que alguien corra al aeropuerto a buscarte, pero también que un tipo con un coche aterrice en un bote y salga ileso. Así que calmate, Rápido y Furioso. Todos consumimos contenido tonto y superficial que genera expectativas irreales. Por lo que dejemos de criticar a Bridgerton, ¿ok?
Pareciera que suspirar por una historia de amor nos quita puntos de intelecto, mientras que emocionarse con explosiones imposibles y héroes que sobreviven a todo en una película de acción es simplemente «entretenimiento». Al final, todos buscamos un refugio en la irrealidad para escapar un rato de la rutina.
Hago todo lo que hacés y en tacones
Sí, puede ser que las mujeres consumamos más. Nos preocupamos porque las cosas se vean estéticas. Admito que nos enredamos en cosas que no son completamente prioritarias. Pero, como intenté hacerte ver, no somos las únicas. Podría decirte que esto viene con las etiquetas que la sociedad nos ha puesto: las mujeres deben verse bonitas y los hombres deben ser fuertes. Estética vs. Performance.
Si te soy sincera, no soy la que sale a la ligera a hablar sobre feminismo ni empoderamiento. Soy la primera en criticar los clichés del género femenino y no me gusta caer en el victimismo. Pero también me gusta señalar las narrativas equivocadas que hay sobre nosotras y que convergieron en los estereotipos de hoy en día, que dan lugar a cosas como el Pink Tax.
Pongámoslo de esta manera: estoy generando la suficiente confianza en mí misma como para sentirme alguien independiente, resiliente y capaz de hacer lo que me propongo. Por lo que hoy en día me permito hacer esas cosas que me gustan pero por las que me sentía avergonzada. Me prendo una vela cuando me pongo a escribir, veo Emily en París y la funda de mi tablet es rosa. Me digo que tener cosas delicadas y sentirme femenina no me hace frágil.
Emigré a dos países diferentes, sobreviví a una pandemia, a dos corralitos financieros y al flequillo flogger. Soy fuerte, me gané que me gusten las florcitas. ¡Joder!