Te enfadas conmigo. Me gritas, me insultas y sé que hasta te quieres poner violento. Me siento rota. No sé si es un tema de energía, físico o simplemente mi manera de pensar y de procesar las cosas. Y eso es lo que más te frustra: que no sepa cómo comunicarlo, porque la verdad, ni yo sé qué me pasa. Me preguntas, levantando la voz: “¿Qué es lo que tienes ahora?”, “¿Por qué me haces esto justo cuando más te necesito?”. Te juro que no es a propósito, hay algo en mí que simplemente no funciona.

Intentamos reiniciar las cosas y eso sirve por un tiempo, pero tanto tú como yo sabemos que no es una solución a largo plazo. Temo, temo por lo que pueda llegar a pasar. Lo veo todos los días: relaciones que se deshacen porque ya no vale la pena arreglarlas.

Sé que te quieres deshacer de mí. Te observo mientras intentas ver una salida a todo esto. Sabes que no puedes permitírtelo, por ahora… Ese “por ahora” que suena a un fatídico presagio. Ese “por ahora” que me mantiene viva, pero ¿quién sabe por cuánto tiempo? Nuestras horas juntos están contadas, por lo menos hasta que me conviertas en un cliché y me cambies por una nueva. Fantaseas con una más joven, más atractiva, con un estado físico y una energía que puedan cumplir todos tus caprichos por horas, que puedan llevar a cabo tus más salvajes y creativas fantasías.

¡Pues hazlo! Consíguete otra nueva, consíguete otra más joven, consíguete otra más atractiva. A ver si está hecha de lo mismo que yo, a ver si te dura lo mismo que yo. Y aunque sé que es cuestión de tiempo que vayas a la tienda a comprar otra computadora, “por ahora” estás atrapado conmigo, al menos hasta que mi muerte nos separe… o te aumenten el sueldo, lo que pase primero.